La balanza

por José Aguilar Mondéjar
Chan capVI

Para Yolanda y Fer, cuyas balanzas les siguen indicando que, hasta el momento, no se han equivocado estando juntos, y que es la mejor opción para su futuro.

Durante uno de sus paseos vespertinos, un joven se acercó al viejo maestro Chan el Orate, interrumpiendo su ensimismamiento:

– Maestro, perdone mi atrevimiento, en dos semanas me casaré. ¿Puede darme algún consejo?

Una sonrisa iluminó la cara del viejo maestro, quien comenzó su respuesta: Cuentan que un día, un discípulo de Sócrates preguntó a su maestro si debía casarse o no. A lo que el filósofo contestó, “hagas lo que hagas, te arrepentirás”. A los casados les divierte escuchar esta frase, y casi todos te dirán que no te cases, aunque ellos lo hicieran y mantengan ese compromiso. Sin embargo, la frase encierra una gran enseñanza. No hay elección correcta, ni elección incorrecta, tan solo una decisión. Nunca podrás saber lo que hubiera ocurrido exactamente, caso de decidir lo contrario. La decisión debe ser tuya, tú vivirás sus consecuencias. Y elegir algo, casi siempre supone renunciar a otras cosas. Acercarte a un destino, te aleja de otro.

–  Pues, no me ayuda – contestó el chico. Yo ya lo había decidido, y quería algún consejo de cómo actuar. Pero ahora, no sé si me arrepentiré de mi decisión.

– Quizá te ayude lo que aprendí en uno de mis viajes- dijo con voz calmada el maestro. En mi itinerario, llegué a una pequeña aldea, y como solía hacer, entablé conversación con los lugareños que me encontré. Me sorprendió la sensación de tristeza, e incluso rabia, de varios de ellos: “me arrepiento de no haberme marchado en su día a una ciudad, como hicieron otros”, me contó uno de ellos; “debería haber hecho caso a mi amigo y haber plantado árboles frutales en lugar de sembrar cereales, tendría hoy más dinero y más tiempo libre”, se lamentó otro; y así, diferentes historias que hicieron que pensara que ese lugar debería llamarse la aldea del Ysi. Y si hubiera, y si yo… Cuando ya estaba abandonando la aldea, divisé a un labriego trabajando.

– “¿Qué tal está?” le pregunté.

– “Bien”, me respondió. “Ha helado esta noche, y estoy recogiendo lo que se ha salvado de la cosecha, por si vuelve a helar”.

Y, quizá, contagiado por las conversaciones con sus vecinos, le dije:

– “Y ahora se arrepiente de no haber plantado otra cosa”.

Me miró sorprendido y me contestó:

– “Para nada. Estoy tranquilo, porque decidí, como siempre hago, lo que consideraba la mejor opción en ese momento. Pude equivocarme, o como en esta ocasión, ocurrir imprevistos que cambian la situación. Pero, entonces, solo toca, asumir lo que hay, e ir a por la siguiente decisión”.

– “¿Y cómo está tan seguro de la elección?” – pregunté intrigado por su confianza.

– “Verá – me dijo apoyado sobre una azada – siempre utilizo mi balanza. Cuando se trata de decidir si hago algo o no, voy colocando una piedra en un lado, por cada argumento que encuentro a favor de una opción, y una piedra al otro lado por cada cosa negativa. La balanza se inclina hacia el lado que más pesa, el que más argumentos a favor tiene. Cuando en algún momento dudo de mi elección, me acuerdo del lado que se inclinó la balanza, por el peso de los beneficios que tenía con la información con la que contaba entonces. Así no hay lamentos que valgan, y me pongo a trabajar en lo que toque para mejorar o cambiar la situación”.

Me fui de la aldea con un gran aprendizaje, que empecé a utilizar en mis decisiones a partir de entonces. Y, lo cierto, es que me ha funcionado muy bien.

Así que – concluyó Chan el Orate-, para evitar la sensación de arrepentimiento, lo mejor es utilizar la técnica de la balanza. No hace falta usar una y poner piedras, como hacía el sabio labriego de la Aldea del Ysi. Basta con valorar el peso de todos los pros y contras, haciendo una lista para cada categoría, por ejemplo, para tener la tranquilidad de elegir lo que en ese momento es lo más significativo para ti.

– ¿Y consejo para afrontar y vivir mejor mi matrimonio? – insistió el joven.

–  Vaya – dijo el viejo maestro mirando al cielo. Me estoy retrasando mucho en mi paseo, y podría sorprenderme la noche, y quizá varios amaneceres, si entro en arenas movedizas.

Y aceleró el paso, dejando atrás al joven, que dudó de si en la zona había arenas movedizas, o era una metáfora sobre aconsejar sobre el matrimonio, o sobre la vida de los demás, en general.

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