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Los cazadores y la tormenta

por José Aguilar Mondéjar

Conversaciones con el viejo maestro Chan el Orate.

Hace unos días, recién inaugurado el año 2021, compartía una taza de té oolong con el viejo maestro Chan “el Orate”. Se nos acercó uno de sus alumnos más antiguos, e iniciamos una charla sobre el tema principal de apertura de conversaciones de los últimos meses, que ha dejado atrás al clásico “cómo está el clima”: la situación de la pandemia.

  • Llevo tiempo con constante preocupación – comentó el alumno. No consigo quitarme de la cabeza todo este problema. Hasta me ha afectado al sueño, hay días que duermo más de la cuenta, muy cansado, y otros no consigo conciliarlo.
  • Y, de hecho, has venido hablando del tema – contestó el maestro Chan-. Difícil eliminar la molestia de la luz en tus ojos, si no apartas la vista del sol.
  • Es que es muy complicado. Tanta incertidumbre, la gente pidiendo confinamiento, insultándose unos a otros. Hay mucha crispación, se nota la frustración acumulada. A unos les da todo igual, otros no salen a la calle prácticamente de lo asustados que están. Muchos abandonan sus aficiones, deportes… por miedo, o por desidia. Las vidas de todos han cambiado mucho, y no sabemos lo que va a ocurrir.

El viejo maestro levantó ligeramente las cejas, inspiró subiendo y avanzando el pecho, enderezó la espalda, y dijo suavemente:

  • Deja que te cuente una historia que ocurrió hace muchos años…

Los cazadores y la tormenta

En una aldea de montaña vivían tres cazadores, conocidos en toda la región por su gran destreza y éxito consiguiendo alimento para sus familias y vecinos. Cada cierto tiempo, se adentraban por separado en el bosque en busca de sus objetivos. En cada uno de ellos se mezclaban, con diferente combinación, la necesidad de víveres, la costumbre o tradición, y la pasión por esta actividad o tarea.

Cierto día, los tres decidieron salir, ante la amenaza de posible tormenta en los días siguientes, por lo que era importante estar bien preparados, con la despensa llena, y una buena provisión de leña cortada y seca. Tras una hora de caminata charlando, se separaron, escogiendo cada uno la ruta preferida donde solían tener buenos resultados.

Dos horas después, un cambio de dirección del viento acercó una gran tormenta. Demasiado alejados de casa para volver. Una fuerte lluvia helada comenzó a caer, acompañada de relámpagos, truenos y rayos.

Ante esta situación, uno de los cazadores, lamentaba y maldecía continuamente la tormenta, pero decidió continuar con la caza, tal como estaba previsto, para volver lo antes posible, y que no le sorprendiera la noche. Continuaba caminando, buscando posibles piezas, calado hasta los huesos. Pero sus presas estaban a cobijo. Cada vez más angustiado y frustrado, pero empeñado en continuar, porque era lo que había planeado, y no quería cambiar.

Los otros dos cazadores buscaron refugio para esperar a que la situación permitiese continuar con su cometido, o volver a casa.

Uno de ellos, miraba continuamente al cielo, y observaba la lluvia caer. “Si no calma la tormenta pronto, me sorprenderá la noche, hará aún más frío. Puedo enfermar. Pero salir es una locura, el monte en estas condiciones es muy peligroso, cualquier caída puede ser fatal.” Conforme pasaban las horas, la preocupación y el miedo crecían. No podía dejar de pensar en la tormenta y sus consecuencias.

Por su parte, el otro dedicó el tiempo a proveerse de ramas y hojas para que estuvieran secas por si necesitara encender fuego más tarde. Comprobó el material que había llevado. Afiló las hojas de sus cuchillos. Y empezó a pensar qué escenario se encontraría tras la tormenta, para estar lo mejor preparado. Dónde podría encontrar a los animales que saldrían buscando comida. Qué estrategia sería la más apropiada. Qué necesitaría de lo que llevaba, y qué podía hacer o preparar para tener mejores recursos.

Pasaban las horas, y la tormenta persistía. Llegó la noche, y tanto el viento como la lluvia no perdían fuerza.

El cazador que no buscó refugio vagaba de un lado a otro, soportando el agua y el viento, pateando árboles por la creciente frustración, y quejándose del tiempo y su mala suerte. Así como de no haberse marchado cuando comenzó la tormenta. Decidió volver a casa, entre lamentos y rabia.

El cazador preocupado, cada vez sentía más angustia y miedo. La situación era insoportable. No dejaba de pensar en lo que ocurría. No apartaba la vista de la lluvia, y prestaba atención a cualquier ruido que pudiera avisar de un peligro. En algún momento, llegó a llorar. Estaba muy cansado, con sueño, pero no era capaz de dormir.

El tercer cazador encendió una hoguera, esto le permitiría entrar en calor y ahuyentaría a algún depredador que pudiera acercarse. Comió parte de los alimentos que había llevado y racionado, pensando en que pudiera alargarse la situación, y decidió dormir un rato para estar mejor por la mañana.

Al alba, el viento y la lluvia cesaron, y las nubes dejaron paso a los primeros rayos de sol de un nuevo día.

El cazador que decidió volver caminaba desorientado, temblando de frío. Lo encontraron unos vecinos que se habían adentrado en el monte, al cesar la tormenta, buscando a los tres cazadores. Lo llevaron a su casa, con fiebre y balbuceando, para darle los mejores cuidados.

El cazador preocupado, seguía mirando al exterior, en dirección al cielo, buscando alguna nube que pudiera desatar una nueva tormenta. Sin atreverse a salir, esperando estar totalmente seguro de que fuera buena decisión.

Mientras tanto, el tercer cazador se había puesto en marcha al amanecer, dirigiéndose a las zonas en las que suponía que sus posibles presas estarían alimentándose, tras tantas horas cobijadas. La preparación del material del día anterior, tener planificada la caza, y las horas de sueño reparador, le permitieron conseguir las piezas que podía transportar rápidamente. Así que emprendió, contento y reforzado, su regreso a casa.

Chan el Orate hizo una pausa de unos segundos, observando la expresión de su alumno.

  • Cuando la tormenta pase, que pasará – dijo, al fin, con una ligera sonrisa en su cara – ¿cómo deseas estar?

El alumno, sorprendido, abrió la boca, pero el viejo maestro le interrumpió:

  • ¿Y qué estás haciendo durante la tormenta? ¿Te ayudará a estar como deseas, o te aleja de ello?

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