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¿Cómo actuar ante las provocaciones?

por José Aguilar Mondéjar

El sol comenzaba a ocultarse, iluminando con destellos rojizos el cielo y el valle, mostrando una belleza del paisaje pocas veces valorada como corresponde. Tras el saludo que marcaba el final de la clase, uno de los alumnos se dirigió al viejo maestro Chan El Orate.

  • Maestro, ¿cómo debemos actuar ante las provocaciones?
  • Ese “debemos” es altamente peligroso. Implica una posible rigidez mental o moral, que no facilita la adaptación necesaria a cada individuo, y a cada situación. Buscas recetas morales de comportamiento, para seguir al pie de la letra. Yo prefiero que aprendas a cocinar lo más adecuado, en función de los ingredientes que tengas, y también de los comensales. 

Pero, deja que te cuente una historia – prosiguió, lanzando una sonrisa atenuada, que al discípulo le produjo cierto desasosiego. 


Se trata de algo que me ocurrió hace bastantes años, cuando tenía más o menos tu edad. Volvía a casa después de una larga tarde de entrenamiento. Estaba anocheciendo. La temperatura no era agradable para estar en la calle, pero a pesar de ello, había un grupo de unas ocho o diez personas, en un pequeño parque. Vi que uno de ellos comentaba algo a los demás mientras me señalaba. Se levantó y se dirigió hacia la calle, con su mirada clavada en mí. Conforme me acercaba a su altura, decidí mantener una alerta alta a sus movimientos, pero fingir que no me había percatado de su presencia. Ya sabes, el arte de la guerra se basa en el engaño, como decía Sun Tzú.

Al llegar a su altura, continué mostrando una mirada distraída, hacia el suelo, para evitar interacción con él, y buscando la mayor distancia posible en todo momento. Pero él dirigió sus pasos hacia mí, con clara intención de impactar en mi brazo o pecho con su hombro, para provocar una situación complicada. Pero como yo estaba atento a sus intenciones, di un par de pasos en paralelo, evité el encontronazo, y continué andando como si no hubiese pasado nada.

¡Eh, tú, hijo de puta! – escuché. 

En ese momento, analicé rápidamente las opciones que tenía. Podía mantener mi camino, como si no hubiese escuchado nada, esperando que el provocador desistiera de seguirme o atacarme por la espalda. Pero, en ese momento, creí que no serviría, y me llevaría directamente a una solución violenta. Por lo que decidí probar con otra estrategia. 

Perdona, ¿qué has dicho? – dije girándome, pero manteniendo la distancia.

¡Hijo de puta! – repitió, recreándose en cada sílaba. 

Eso me había parecido – respondí, prestando especial atención a sus posibles movimientos, y también a cualquier aproximación de otra persona.

¿Y qué pasa? – entonó amenazante, mientras se acercaba lentamente hacia mí.

Y, ahora, voy a darte tres finales diferentes, para que tú decidas la continuación de esta historia. – Los ojos del discípulo se agrandaron, mostrando perplejidad. Pero no tuvo tiempo de decir nada.


Primer final:

Gracias, le daré tus recuerdos a mi madre – dije sonriendo, a la vez que me volvía para proseguir caminando, atento al posible sonido de sus pasos. 

Pero, afortunadamente, funcionó la estrategia de sorprender al adversario con un movimiento no esperado. Los primeros segundos de desconcierto, me dieron cierta distancia. Y a continuación, comencé a escuchar diferentes insultos, y un “vuelve aquí, cobarde”, al que siguieron más insultos, que cada vez se escuchaban más débilmente. 

¿Habéis visto? Casi se echa a llorar – dijo el provocador, mirando al grupo, para encontrar su aprobación y reconocimiento. 

Las risas se diluían según avanzaba de regreso a casa.


Segundo final:

Perdona si te he ofendido en algo, no era mi intención. – mis palabras no parecían detenerle.

Eres un mierda, y me molesta que pases por aquí.

No te preocupes, me voy rápidamente, y buscaré otra ruta el próximo día.

Eres un cobarde, no soporto ese maldito aire de buena persona que pretendes mostrar. Te crees mejor que los demás, mejor que yo, ¿verdad?

No, no me considero mejor que tú ni que nadie, perdona si te lo ha parecido. No quiero problemas. La vida es mejor si nos ayudamos. El enfrentamiento solo genera odio y tristeza, nadie gana.

No me vengas con la palabrería moralista de siempre – dijo, a la vez que con ambas manos golpeaba en mis hombros, para empujarme y hacerme retroceder un paso.

Si te parto la cara, yo gano – añadió.

En realidad, pierdes. Por no haber podido controlar tu ira. Por provocar un daño. Por el deterioro de tu imagen en muchas personas, que no confiarán en ti, que te temerán.

Que me teman es bueno, eso es ganarse el respeto – gritó, propinando un nuevo empujón, algo más fuerte, necesitando dos pasos hacia atrás para equilibrarme.

El verdadero respeto surge del amor y la admiración, no del miedo.

Llámalo como quieras, pero yo no consentiría que alguien me vacilara o ningunease.

Tus palabras no pueden dañarme, si no te doy el poder de desequilibrarme, de cambiar mi estado emocional. No me permito otorgarles un significado capaz de herirme. Son tuyas, a ti te califican, a mí no me afectan, porque así lo decido.

Mi estrategia de apaciguamiento y argumentación no parecía funcionar. Lejos de tranquilizarse, cada vez parecía más enfadado. Recordé que mi maestro me dijo un día que el que pretende convencer o cambiar de opinión a un idiota, demuestra ser tan idiota como su interlocutor. El gesto enfurecido del provocador era tal, que en cualquier momento podía estallar. 

Lanzó un nuevo empujón, más violento que los anteriores, apretando los dientes y tensando los músculos de la cara, lo que le otorgaba un aspecto de rabia descontrolada. Pero en esta ocasión, al contacto de sus manos, mis hombros giraron, a la vez que mi cadera, distribuyendo el peso hacia mi pierna izquierda, lo que hizo que mi adversario no pudiera controlar su propio impulso, por el vacío que encontró. Se desequilibró y cayó al suelo, momento que aproveché para salir corriendo. Podría haberle golpeado en el suelo, pero no quería rebajarme a su comportamiento. 

¡Ven aquí, no huyas, te vas a enterar! – gritaba con frustración desde el suelo. Pero tanto él, como yo, sabíamos que no podía alcanzarme. El peligro y el problema estaban resueltos, al menos ese día.


Y tercer final:

Pasa que no deberías ir provocando e insultando a los demás, solo porque tengas una vida miserable, acorde a tu personalidad – dije con gesto muy serio.

¿Qué…? – dudó momentáneamente, ante una respuesta que no había previsto.

Que lo mejor que puedes hacer es volver con tus amigos, y olvidar este momento. Puedes presumir de lo valiente que eres asustando a inocentes, con la manada de lobos detrás, protegiéndote. O reconocer que te has equivocado, y que no tenías que haberte comportado como un tremendo imbécil. Tú eliges.

Te voy a… – pero no le dejé continuar.

Si das un paso más, te reviento. Estarás muchos días acordándote de tu error. – Mi mirada mostraba mucha seguridad. Mi intención era generar la duda suficiente en mi adversario, que permitiera continuar mi camino sin enfrentamiento. 

Pero el provocador miró al grupo. No sé si fue por vergüenza de ceder a mi desafío, o por la confianza del número de atacantes que le apoyarían en caso de apuro, el caso es que avanzó gritando y con su puño derecho por delante.

Di un paso lateral hacia mi izquierda, girando a continuación la cadera a la vez que proyecté una patada ascendente a su rodilla adelantada. El impacto le hizo caer de rodillas y apoyar una mano, para intentar reincorporarse. Pero en ese momento, recibió un gancho largo descendente que impactó en su cara, dejándole inconsciente. K.O. en un segundo.

Me giré con una “mirada de tigre” en mí expresión, durante tanto tiempo entrenada junto a las técnicas marciales, amenazante, segura, expectante, hacia el grupo de amigos. Dos de ellos habían iniciado el gesto de incorporarse. Pero dudaron ante mi actitud. Al mirarse entre ellos, y no ver salir a ninguno hacia mí, se mantuvieron en su posición por un instante. Seguí mi camino, mientras escuchaba como se dirigían hacia su amigo, para comprobar su estado.


Y, bien, ¿cuál crees que es el final correcto? – dijo el viejo maestro.

Pues…

Pero antes de contestar, reflexiona. Ese es el objetivo de este ejercicio que te planteo. Piensa bien. ¿La opción que estás pensando es la que crees que sería más honorable, sin tener en cuenta los actores y circunstancias concretas? ¿O la que consideras más coherente con mi manera de actuar? ¿Qué creencias sustentan tu elección? Nuestro cerebro funciona con esquemas mentales, que construimos en base a nuestras experiencias, aprendizajes, y los arquetipos de realidades que hacemos nuestros. ¿Te sirven en esta situación, o deberías modificar algún esquema? 

La verdad es que… – intentó explicar el discípulo, nuevamente interrumpido.

No hay una verdad. Como no hay una única situación para la que encontrar una normativa de comportamiento. Cada final, podría tener un desenlace diferente al que te he contado, en función de la interpretación que hiciera mi adversario de mis palabras, de mi actitud, de mi estrategia. Por eso te dije que buscas recetas, y prefiero enseñarte a cocinar. Si tu comportamiento se guía por principios y valores, encontrarás las estrategias y herramientas adecuadas a cada problema.

El discípulo miraba al viejo maestro, intentando descifrar si era conveniente decir algo, o esperar que prosiguiese con sus enseñanzas. Puesto que el silencio continuaba, se atrevió a preguntar.

¿Y qué ocurrió realmente?

Eso no importa. El pasado ya no existe. Solo está ahí su recuerdo para hacernos avanzar, si sabemos utilizarlo como aprendizaje.  Tú me preguntaste cómo actuar ante las provocaciones. Yo te expliqué con esta historia cuatro estrategias válidas, en función del contexto.

¿Cuatro? – preguntó extrañado el discípulo.

Si, cuatro. Recuerda que antes de los tres finales de la historia que te propuse, con sus tres estrategias, sorprender para aprovechar perplejidad, apaciguar, y desafiar para amedrentar a tu oponente, había descartado en esa ocasión la estrategia de dejar pasar como si nada ocurriese. Las cuatro estrategias tenían el mismo objetivo, enfrentarse a la provocación, evitando la agresión. Todas son válidas. Que sean adecuadas, depende de las personas implicadas, y de la situación específica. Que sean eficientes, solo lo sabrás si cumplen con su objetivo, en el momento de aplicarlas. Y no podrás compararlas con las otras, ya que solamente responderás con una, y de las demás tendrás que imaginar o suponer los resultados. Y, como te he dicho, una vez hecho, lo único que nos queda es adaptarnos, evaluar y aprender de la experiencia, tanto si ha sido un error o un acierto nuestro comportamiento. Lo que importa es aprender, avanzar.

Gracias, maestro, creo que ahora tengo más claro cómo afrontar las provocaciones.

Si crees que esto es válido únicamente para las provocaciones – respondió el viejo maestro mostrando otra vez su característica sonrisa – es que te has quedado en la superficie de esta enseñanza. Esta historia es solo un ejemplo. Piensa, ¿a qué otras situaciones en tu vida puedes aplicar lo aprendido de ella?

Y no esperó respuesta, comenzó a andar alejándose sin mirar atrás, dejando al discípulo que preguntó, y al resto de los que permanecieron escuchando la historia, pensando en las últimas palabras del maestro.

Y tú, lector, ¿qué final te gusta más? ¿Qué creencias son las que guían esa elección? ¿Y qué comportamiento se deriva de esas creencias? ¿Te sirven, o quieres cambiarlas? ¿Cómo afrontas las provocaciones? ¿Y las confrontaciones con otras personas? ¿Y los problemas? Y, por último, ¿quieres cambiar algo?

@agui66

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